22002, Huesca El Instituto Provincial transformado en cárcel en 1936 (Huesca) AudioGuía

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Descripción
El magnífico palacio barroco de planta octogonal, sede actual del Museo de Huesca desde 1967, fue erigido en el siglo XVII, según planos del escritor, matemático, pintor y arquitecto Francisco de Artiga (1650-1711). Este elegante edificio, adosado al que fuera en la Edad Media residencia de los reyes de Aragón (y aún antes del walí o gobernador de la ciudad andalusí de Washka), fue construido originariamente para albergar la universidad oscense y desde 1845 fue emplazamiento del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza (que se denominó Instituto Ramón y Cajal a partir de 1934, en homenaje a uno de sus más egregios exalumnos, junto a Joaquín Costa, Basilio Paraíso, Encarnación Fuyola o Ramón Acín, entre otros). A partir del triunfo del golpe militar del 18 julio de 1936 en Huesca, este venerable lugar de memoria de la cultura culta de la ciudad, fue convertido, primero en provisional acuartelamiento y muy poco después en una suerte de campo de concentración urbano. El Instituto debió comenzar a funcionar como cárcel a pleno rendimiento desde el otoño de 1936, pero sin duda fue a partir de marzo de 1938 cuando se multiplicó el número de internos, consecuencia del avance de los sublevados sobre el frente oriental, de la ocupación de toda la provincia y del consiguiente crecimiento del número de detenciones y por tanto de reclusos. Sólo entre febrero y octubre de 1939 se produce la detención e ingreso en las cárceles de Huesca de 1.975 personas. En octubre de 1939, las cárceles de la ciudad (la prisión provincial de San Lázaro, el Instituto y la de mujeres (que se encontraba en la calle Roldán) albergaban 2.866 personas; si bien no existen datos que nos permitan conocer con certeza el número de ingresadas en una y otra, cabría aventurar que si en la provincial pudieron llegar a hacinarse hasta 500 presos y en la de mujeres más de un centenar, el resto hasta llegar a las casi tres mil, y encierro, pudieron poblar el antiguo palacio de Artiga, en condiciones absolutamente infrahumanas. Tanto José María Azpíroz como Víctor Pardo y Raúl Benito han documentado y descrito con detalles estremecedores el sórdido universo carcelario de la ciudad en el momento en que se generalizaron las detenciones marcado por el hacinamiento, la insalubridad, el hambre, las continuas vejaciones, los brotes de viruela, tuberculosis y tifus; el edificio del Instituto fue usado como cárcel hasta 1944. Tras aquella bárbara ocupación militar y penitenciaria, el inmueble quedó inhabitable y en la más absoluta incuria por parte de las nuevas autoridades franquistas hasta los años 60. El Instituto jamás pudo ya volver a su antigua ubicación y su actividad docente hubo de ser trasladada a instalaciones cedidas por la Escuela Normal de Magisterio hasta que, en 1951, se ultimaron las obras de su nuevo emplazamiento en el ensanche de la ciudad. Hasta la fecha en que se escriben estas líneas (otoño de 2021), esta trágica y oprobiosa historia ha permanecido oculta tanto en la web oficial del Museo como en las informaciones que a través de su Oficina de Turismo suministra el Ayuntamiento acerca de este edificio y sus usos. Texto redactado por Juan Mainer Baqué